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PIRINEOS: ¿CORDILLERA, CIUDAD O PRINCESA?

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LA CORDILLERA



" Los Pirineos se extienden desde Nuestro Mar hasta el Mar exterior" (Polibio, 3, 35,7)

Las fuentes que hacen referencia a la cordillera Pirenaica son muy antiguas, esto quiere decir que al menos desde el siglo VII a. C. la península ibérica había sido visitada por los fenicios y que habían recorrido sus costas. Pero en un principio las referencias que se tienen son vagas e imprecisas; tenemos que esperar hasta el s. II a. C. para que Polibio, que vio la caída de Numancia en el 133 a. C., nos de una referencia más precisa. Este autor cita los Pirineos cuando describe la marcha de Aníbal a Italia en el 218 a.C. y además la nombra de dos formas distintas, en singular haciendo referencia al nombre de una ciudad y también en plural.

Posteriormente, Diodoro de Sicilia (s. I a.C.) da una descripción más exacta de la localización de los Pirineos y cuenta una leyenda que fue repetida por diferentes autores de la antigüedad:

" Dícese a este propósito que en tiempos p…

¿QUÉ ES UN ÁRBOL SAGRADO?







Árboles sagrados existen en todas las religiones, en las tradiciones populares del mundo entero, y en épocas muy distintas. Sin embargo, no sería correcto hablar de un culto al árbol, porque este constituye más bien un símbolo que un objeto de culto.  
El árbol reúne en sí mismo una serie de características que le convierten en un elemento simbólico por excelencia:

·      A nivel físico, presenta ciertas semejanzas con el ser humano, es decir, tiene un porte erguido, está recorrido por un sistema ramificado de vasos, respira, transpira y se alimenta, pasa por una serie de ciclos biológicos, produce frutos, se multiplica y muere.
·         A nivel psicológico, sus raíces simulan el subconsciente; su tronco, la realidad concreta; su follaje, la elevación hacia lo espiritual.
·         A nivel material, proporciona alimento, materiales de todo tipo, cobijo, “medicinas”, bebidas alcohólicas, aceites, resinas, calor…
·         A nivel espiritual, sirve como mediación entre los tres niveles: mundo subterráneo, raíces, morada de los muertos; superficie del suelo, tronco, morada de los mortales; mundo celeste, follaje, morada de los dioses.

Todas estas características vistas en conjunto convierten al árbol en un prototipo mítico; en ninguna religión antigua se le ha adorado por ser un árbol, sino por lo que implica o significa.
“El árbol se convierte en objeto religioso en virtud de su poder, es decir, en virtud de aquello que manifiesta”.[1]  Debido a su capacidad de regeneración cíclica, repite lo que para el hombre arcaico es el universo, por lo tanto el árbol es el universo y lo es en cuanto lo “repite y simboliza a la vez”[2]. 
Hoy día, quizá, no lleguemos a comprender del todo este concepto, ya que nuestra idea del tiempo no coincide con la que tenían en la antigüedad. Para nosotros, el tiempo no es cíclico; estamos acostumbrados, debido a los estudios de historia y tal vez a nuestras propias creencias religiosas, a ver el tiempo como algo lineal. La historia es, para nosotros, una sucesión de acontecimientos desde el comienzo del hombre que catalogamos y restringimos en períodos muy concretos; así, decimos prehistoria, neolítico, edad de los metales, edad antigua, edad media, etc. y dentro de estos epígrafes todavía lo dividimos más, en periodos más cortos, edad del bronce, del hierro, alta y baja edad media, etc.  No obstante, todos estos conceptos son una clasificación muy reciente y que no se ajusta exactamente a la realidad; por ejemplo, un profano en la materia hablará del mundo romano en general, pero un latinista preguntará a qué momento histórico se refiere, ya que hay grandes diferencias entre la época de los hermanos Graco y Calígula, por poner un ejemplo.
Hasta no hace mucho, el hombre interpretaba el tiempo como una serie de círculos concéntricos, algo así como las hondas en el agua que se van expandiendo, o, acaso, como una espiral. Estos dos símbolos se repiten continuamente en la antigüedad.
Todo en la naturaleza es un continuo nacer, crecer y morir: lo encontramos en las personas, en los animales, en las plantas, en los ciclos lunares, en el día y la noche, en los ríos, en las estaciones del año, en las estrellas, etc., etc.; sin embargo, hay algo que siempre permanece y que permite la regeneración una vez se haya completado el ciclo. El ser humano de la antigüedad, en constante contacto con las fuerzas naturales, esperaba que todo siguiera el orden establecido por las divinidades, ya que de ello dependía su supervivencia; de esta manera, la regeneración del árbol suponía la regeneración de los campos plasmada en cosechas abundantes y la fertilidad de los rebaños que aumentaban la ganadería.
Para el hombre antiguo, el mundo está animado, incluidas las plantas; cree que todas las cosas tienen un alma y que se les debe algún respeto, pues alimentan al hombre o le protegen como si de una madre se tratara. Pero no todos los árboles son iguales; hay especies que tienen unas características especiales, e incluso ejemplares concretos que por su porte, su tamaño o cualquier otra razón son únicos para albergar en ellos espíritus moradores o tener una comunicación con el mundo de los dioses. Estos árboles no se pueden talar, ni herirlos de ninguna forma, ya que representan el cosmos.
Árbol sagrado es, pues, aquel que por sus características “expresa todo lo que el hombre religioso considera real y sagrado por excelencia, todo cuanto sabe que los dioses poseen por propia naturaleza y que sólo es para los héroes”.[3]


 

[1] Cfr. Eliade, M.: Tratado de historia de las religiones, pág. 399.
[2] Cfr. Ibidem.
[3] Eliade, M.: Lo sagrado y lo profano. Sub.verbum : Árbol Cósmico.


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